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  Serie La ficción del futuro  4. El Futuro como Nostalgia Este bloque ha recorrido tres ficciones sobre el futuro. Vimos la promesa que nos vendieron: la máquina que nos liberaría, la pantalla que nos conectaría, el cuerpo que no envejecería. Conocimos el dispositivo que predecía: el oráculo que fabricaba el futuro. Sentimos la nostalgia que nos paralizó: la pérdida de la capacidad de imaginar porvenires deseables. Y supimos, finalmente, la fecha que nos anunciaron: el profeta que dijo que el mundo se acabaría para que nos atreviéramos a vivir. Ahora, al término del recorrido, la pregunta no es qué futuro nos espera, sino qué porvenir estamos decidiendo. 1. Los futuros que ya vivimos Hace cien años, el futuro tenía una forma reconocible. Una ciudad de rascacielos blancos, avenidas anchas y coches que se deslizaban sin conductor. Una casa con robots que cocinaban, limpiaban y atendían a los visitantes. Un hombre con traje espacial caminando en la superficie de la Luna. Una pan...
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  Pequeñas historias sobre el bienestar. 10. El arte de la impermanencia: Zen, samuráis y la belleza de lo efímero en el Japón antiguo y feudal  En el islam medieval, el sufrimiento era una puerta que había que abrir. En Japón, es una flor que cae y todo se trata de verla caer. De aceptar que nada permanece. La sensibilidad tradicional japonesa contempla el sufrimiento con la misma quietud con que se observa la caída de los pétalos de cerezo al final de la primavera. No tratan de forzar una cerradura ni de precipitar el desenlace. El pueblo nipón contempla cómo la vida se desordena y se desliza entre los dedos, reconociendo que la futilidad de retener lo transitorio es, al mismo tiempo, el principio de la libertad. Ese pulso entre la permanencia que se anhela y la caducidad del mundo define la atmósfera que se respira en los antiguos enclaves de Kioto. Basta con sentarse frente a un patio monástico: no ofrece adornos de plantas; la composición solo tiene la geometría áspera de...
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Archivos de una noche de miedo 1. La calabaza apagada En los registros domésticos de aquel siglo quedaron muchas imágenes de una noche que, vista desde aquí, resulta difícil de explicar sin sonreír. Niños cubiertos con telas negras, con máscaras de plástico y sábanas con dos agujeros para los ojos. Adultos disfrazados de brujas, esqueletos, vampiros y criaturas que ya nadie sabría nombrar. Frente a las casas, calabazas huecas con rostros tallados y una pequeña luz dentro. En los porches, cestas de dulces. En las puertas, niños que golpeaban y pronunciaban una fórmula extraña: “truco o trato.” No buscaban protección. Tampoco celebraban una cosecha. No lloraban a sus muertos. Pedían azúcar. Estamos escribiendo este ensayo en 2126, desde los archivos de una época que ya no celebra Halloween, como lo hacían quienes aparecen en esas imágenes. Lo que sigue es un intento de comprender por qué aquella fiesta sobrevivió tantas décadas y qué revelaba sobre el miedo de quienes la practicaban. Dur...