Nueve coma ocho - Semana 3


3

Las celdas de contención eran de color blanco puro. Parecían los cuartos de los manicomios donde encerraban a quienes se oponían a las órdenes del consejo. Estos eran los prisioneros menos peligrosos, al menos en el sentido violento de la palabra. Eran hombres y mujeres que habían dicho "no" cuando debían decir "sí". Sus vidas se apagarían, encerradas para siempre, etiquetadas como enfermedades mentales incurables, enterradas en el olvido.  Confinarlos en estas instituciones era una cruel sentencia de muerte.

Elowen miró cómo se alejaban los guardias. Cuando el eco de sus botas se perdió en el corredor, se volvió hacia la rejilla que los separaba de la otra celda. Del otro lado, Artur, Damián y Garrick permanecían inmóviles. Sombras en un mundo de luz blanca.

Examinó la puerta. Casi invisible, perfectamente integrada en la pared. Solo una abertura rectangular, a la altura de la cintura, delataba su función.

— La comida —murmuró, pasando los dedos por el borde metálico.

Kovic, sentado en el banco de plástico, no respondió.

El sueño no llegó. O llegó a retazos, fragmentos de inconsciencia de los que despertaban sobresaltados, creyendo oír pasos, órdenes, disparos. Artur contaba las horas por los cambios de luz. No había luz natural, por supuesto, pero los paneles del techo la modificaban en ciclos regulares. Mañana. Tarde. Noche. Un recordatorio doloroso de que arriba, muy arriba, el día seguía existiendo.

Por la mañana, la comida llegó a través de la abertura. Bandejas con una pasta insípida, agua, una pastilla blanca.

— Nutrientes sintéticos —dijo Damián—. Vitaminas. Minerales. Lo justo para mantenerte vivo sin fuerzas para nada más.

Garrick se negó a comer.

— Puede estar envenenado.

— Es control —dijo Elowen—. No es otra cosa. Es mantenernos vivos pero débiles. Dóciles.

Tomó la bandeja y comió. Los demás, tras un momento de duda, lo imitaron.

Luego de un rato, un guardia joven apareció frente a las celdas. Su placa decía Lenz. No tendría más de veintidós años. Su uniforme lucía impecable. Sus ojos eran extrañamente serenos. Habló desde el pasillo.

— Discordantes —dijo, como quien nombra una enfermedad—. Han elegido la duda. El Consejo ruega por sus almas.

Kovic resopló desde su celda.

— El Consejo no ruega ni por su madre.

Lenz sonrió. Una sonrisa pequeña, casi bondadosa. Por eso mismo, terrorífica.

— A los que se arrepienten, la Fase Uno. Reeducación. Limpieza. A los que no... la Fase Dos. No duele. Bueno, un poco al principio. Luego deja de doler porque ya no hay quien sienta.

Se alejó por el pasillo, tarareando una canción que ninguno reconoció.

— Está loco —susurró Artur.

— No —dijo Elowen—. Está convencido. Es peor.

Esa noche, Elowen no durmió. Recorrió la celda con la mirada una y otra vez. La puerta, no. Imposible. El conducto de ventilación no, demasiado estrecho. El suelo. El techo. Las rejillas. Nada.

Kovic lo observaba desde su banco.

— No hay salida —dijo—. Llevo horas viéndote pensar. No hay.

— Siempre hay —respondió Elowen—. Solo que aún no la veo.

Pero mientras lo decía, supo que mentía. No veía nada.

Permanecieron encerrados por un tiempo que no supieron calcular, pero todos sabían por qué era así. Querían quebrarlos, convencerlos, modificarlos. Querían que creyeran por sí mismos. Sin frecuencias ni sustancias. Sin control mental. Solo que se rindieran para exhibirlos como trofeos. Sería el experimento definitivo para ejercer el máximo control. Elowen pensaba lo mismo que todos.

-¿Qué crees que nos harán? —Preguntaba Artur con nerviosismo mientras pasaban los días—. Kovic, háblanos.

Pero Kovic no respondía. Sabía muy bien lo que pasaría. ¿Para qué preocuparlos más?


4

Cuando pasaron lo que les parecían varios días, ocurrió algo que ninguno de ellos esperaba. Primero fue el ruido acompasado de unas botas. Fuerte, decidido. La Guardia Élite de los Diez venía por el pasillo armada con bastones eléctricos. Una descarga podía aturdir o matar. Luego asistentes. Personas rapadas e inexpresivas con tablets que no dejaban de ver y manipular. Después, rodeado de poder que apestaba a perfume caro, apareció el Consejero Diez. El más joven de todos. El de la mirada más afilada. El oficial Lenz abrió las puertas de las celdas y ordenó a los prisioneros que se levantaran. El Consejero se detuvo frente a las celdas y los miró uno por uno, como quien examina insectos.

— Así que estos son los héroes —dijo, con una voz goteante de sarcasmo mirando a cada uno—. El barman. El arquitecto. El médico. El traidor. Y el... —miró a Garrick socarronamente— ...¿tú qué eres?

Garrick no respondió. Ni siquiera levantó la mirada.

— Da igual. Pronto, como castigo merecido por su crimen, experimentarán la Fase Dos —continuó el Consejero—. La Fase Dos no es una ejecución. Es una disolución. Sus recuerdos, sus ideas, su manía de pensar... todo se borrará. Quedarán vacíos. Limpios. Como recién nacidos, pero sin la capacidad de aprender. Ya que no quieren aprender por las buenas, lo haremos a nuestra manera.

Se acercó a la celda de Elowen.

— Tú, el científico. Cuando termine, no recordarás ni el nombre de tu madre. Verás un vaso de agua y no sabrás qué hacer con él. Serás un cuerpo sin mente. Y cada día, cuando pase frente a tu celda, recordaré que tuve la última palabra.

Elowen lo miraba, incómodo.

— ¿No tienes nada que decir? —preguntó el Consejero, un tanto desconcertado.

En ese momento uno de los asistentes se llevó la mano al oído y llamó aparte al Consejero Diez. Le habló brevemente en voz baja y se retiró. El Consejero se volvió hacia los prisioneros con una extraña sonrisa.

— Vaya. Me acaban de informar que el Consejo desea verlos. Eso no puede ser sino buenas noticias… para nosotros, claro —todos se tensaron, nerviosos—. ¡Guardias! prepárenlos para que suban en una hora —dijo—. Los esperaremos en el salón.

Y diciendo esto, se fue con su séquito. Las puertas de las celdas se cerraron y el oficial Lenz se alejó silbando. Kovic se volvió hacia los demás.

— Vamos a morir — dijo, sin emoción.

— ¿Tú crees? — preguntó Artur irónico—. Ya me siento muerto de todos modos.

— Nos aplicarán la Fase Dos. Eso es seguro — predijo Garrick—. Tal vez nos torturen primero.

Ni Damian ni Elowen dijeron nada.


5

El ascensor gigante se movió durante lo que pareció una eternidad. Hacia arriba. Kovic lo notó por el cambio de presión en los oídos, pero no dijo nada. Ya no había mucho que decir. El guardia de la garita móvil los miraba con curiosidad. Cuando las enormes puertas se abrieron, la luz del salón principal del Consejo los cegó unos segundos. Luego, lentamente, la sala se reveló.

Era circular. Inmensa. Muy elegante. Diez sillones de obsidiana dispuestos en arco, mirando hacia un centro vacío donde no había nada salvo una mesa baja con una jarra de agua, diez vasos y un curioso juguete electromagnético con un círculo de metal que flotaba. Detrás de los sillones, el ventanal de 360 grados mostraba la ciudad allá abajo, diminuta, irreal. Los cinco entraron en fila. No estaban esposados, ni fueron empujados. Eso era peor. Significaba que los Diez no los veían como una amenaza, sino como especímenes.

Pero lo que Elowen notó primero no fue el lujo. No fue la altura. Fue el polvo. Cinco de los sillones estaban ocupados. Los otros cinco, vacíos. Y sobre esos vacíos, una capa fina y uniforme de polvo se acumulaba en los reposabrazos, en los respaldos, en el suelo alrededor. El Portavoz hizo un anuncio:

“Silencio. Los discordantes de alto riesgo están en la sala. Los Consejeros hablarán.”

— Arrodíllense —dijo una voz. No la del Portavoz. Una voz humana. Cansada.

Nadie se movió.

— He dicho que se arrodillen. No estamos para ceremonias.

Uno de los Consejeros —el del sillón central, el más viejo con ojos de piedra— hizo un gesto. Los Exterminadores obligaron a los cinco a arrodillarse. Sintieron el frío del piso de mármol.

El Consejero Uno los miró uno por uno. Luego, con una lentitud que quería ser deliberada, dijo:

— Anomalías. Así los clasificaron. ¿Saben cuántas anomalías procesamos al año? Miles. La mayoría son errores de calibración. Gente que dijo algo en el momento equivocado o dudó cuando no debía. Se reeducan. Se reinsertan. Se olvidan. 

Hizo una pausa para observar su reacción. Como nadie se movió, continuó hablando.

— Ustedes no hicieron nada de eso. Ustedes son... persistentes. Y nosotros ya lo sabíamos. Los habíamos estado buscando. Y ya los encontramos.

El Consejero se frotaba los dedos como si quisiera hacer fuego. Elowen levantó la vista. No hacia el Consejero Uno. Hacia los sillones vacíos.

— ¿Dónde están los otros cinco? —preguntó.

“Los prisioneros no hablan si no se les requiere”, puntualizó rápidamente con firmeza el Portavoz.

Silencio. Luego, una risa seca desde el extremo izquierdo del arco. Era el Consejero Diez, el más joven, el de mirada afilada. Sostenía una pequeña cadena dorada con algo que parecía una esfera.

— ¿Los otros? —dijo—. ¿Se los pregunta a ellos? —señaló a sus colegas—. No se lo dirán. Les da vergüenza.

— Cállate —dijo el Consejero Tres, una mujer de voz gélida.

— ¿Por qué? Van a morir en vida de todas formas. Que sepan lo que son.

El Consejero Diez se levantó de su sillón y se dirigió hacia los asientos vacíos. Pasó un dedo por el polvo de uno de ellos y lo mostró.

— Obsolescencia planificada —dijo, sacudiéndose el polvo del dedo—. Renovamos la mitad cada década. Mantiene la perspectiva fresca. Los que se van... bueno, se van. Nadie recuerda sus nombres. Ni siquiera nosotros.

En la sala se sintió un escalofrío. No por la amenaza. Por la naturalidad. Hablaban de personas como quien habla de piezas de maquinaria.

— Siéntese —ordenó el Consejero Uno al Diez. Este obedeció con una sonrisa.

Luego, dirigiéndose a los prisioneros, inquirió:

— Vamos a conocerlos. Uno por uno. Ustedes son famosos en ciertos círculos. El barman que enseña química. El arquitecto que conoce los planos. El médico que cura cuerpos y almas. El oficial que dudó. Y el... —miró a Garrick— ...el que siempre tuvo razón. Empecemos por usted.

Garrick tragó saliva. O por lo menos lo intentó. El Consejero Diez dejó de sonreír y se mostró sorprendido. De Garrick no esperaba nada relevante. El Portavoz hizo un anuncio:

“Ahora hablará el Consejero Cinco. Prisionero Garrick Voss, levántese”

Garrick se levantó lentamente, como si esperara un azote. El Consejero Cinco era el más viejo. No solo de los presentes, sino probablemente del edificio entero. Su piel de papel colgaba de sus huesos como un traje demasiado grande. Ochenta años, quizás más. Ojos de un niño que ha visto demasiados cumpleaños. Pero esos ojos, hundidos en las cuencas, miraban a Garrick con una intensidad que helaba la sangre.

— Acérquenlo —dijo.

Los Exterminadores empujaron a Garrick hasta dejarlo a dos metros del sillón.

— Garrick Voss. Conspiracionista. Foros de la Cibernet. Trece años publicando teorías. ¿Sabe que tenía razón en todo?

Garrick había soñado con este momento. Ahora sentía náuseas y estaba confundido.

— ¿Cómo dice? ¿Todo?

— Las armas de frecuencia en la Antártida. Verdadero. Los suplentes del Consejo son descartables. Verdadero. La gravedad como variable. Verdadero, aunque usted no entienda en qué sentido. Los extraterrestres...

El Consejero Cinco hizo una pausa. Sonrió. Los Consejeros Tres y Diez se miraron. 

— Esos no, por desgracia para usted. Eso lo inventamos nosotros. Para probar qué tan lejos llegaría la credulidad. Usted publicó unas doce mil palabras sobre “los visitantes del sector X”. Nunca existieron. Nunca existirán. Pero dice que los vio. ¿Cómo se siente, sabiendo que fue mi experimento?

Garrick tembló. No de rabia. De reconocimiento. Se había imaginado descubriendo la verdad. Nunca se había imaginado siendo descubierto.

— Me usaron entonces — manifestó decepcionado—. ¿Por qué? 

— Porque necesitábamos saber cuánto podía tragarse la gente antes de vomitar. Usted nos dio el límite. Y ahora que lo conocemos —el Consejero Cinco extendió una mano en un ademán de invitación— podemos ajustar la dosis. Eso es suficiente para mí. He terminado.

Garrick se sintió como una marioneta que acababan de guardar en su caja.

“Ahora hablará la Consejera Tres. Prisionero Damián Garc, levántese”

La Consejera Tres se había dedicado a la medicina en otros tiempos. Tendría unos sesenta años de edad aunque su rostro estaba muy terso y sus manos tampoco estaban arrugadas. Cirugía estética, o algo peor. Quién sabe.

— Usted es médico —dijo la Consejera Tres sin preámbulos, ajustándose las mangas—. Ha visto morir gente.

Damián asintió.

— ¿Cuántos?

— No los he contado.

— Yo sí. He visto morir a miles. En mis pantallas, claro. No me mancho las manos.

Se levantó para verlo mejor. Era alta, elegante y olía a un perfume que Damián reconoció: el mismo que usaban en los hospitales para cubrir el olor de la muerte. Su expresión parecía una mezcla entre hacer preguntas y saber las respuestas.

— Dígame, médico: ¿cuántos de los que ha visto morir estaban realmente enfermos?

Damián frunció el ceño. No era muy amigo de las adivinanzas. La Consejera Tres continuó hablando.

— La Fase Dos. ¿Cree que mata? No. La Fase Dos solo convence al cuerpo de que está enfermo. La gente muere porque cree que debe morir. Porque les decimos que su frecuencia es baja, que su materia se desintegra, que su realidad es inestable. Y el cuerpo obedece. Siempre obedece.

Esto era otra cosa. Damián sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

— Eso es… Eso es mentira.

— ¿Mentira? —lo interrumpió ella—. No. Es biología. La mente puede matar el cuerpo si se lo ordenan con suficiente autoridad. Nosotros tenemos la autoridad. Ellos tienen la mente. Y usted, médico, ha sido testigo de eso durante años sin saberlo.

Damian cerró los ojos y recordó sus últimos años en el hospital: las emergencias, los síntomas, los tratamientos sin resultado que había visto muchas veces. Los pacientes morían de todos modos. Las discusiones con sus colegas resonaban todavía en su cabeza. Recordó su frustración. Luego el bar, el anuncio, el caos. Los enfermos no lo estaban, solo lo creyeron. Ahora la razón estaba ante él.

— La mentira no mata, Consejera. La desconfianza en lo real sí. Tiene razón. He visto a la gente morir porque no admitía que el oxígeno funcionaba. He visto gente morir porque pensaba que su sangre era frecuencia inestable y rechazaba transfusiones. Pero ustedes no matan con la mentira ni con la biología. Matan con la duda que siembran.

La Consejera Tres sonrió. Por primera vez, su sonrisa era genuina.

— Interesante. Entonces, ¿la duda es el veneno?

— La duda sin verificación. La duda como hábito, no como herramienta.

La consejera Tres se sentó, levantando la mano para indicar que había terminado.

“Ahora hablará el Consejero Siete. Prisionero Artur Sole, levántese.”

Artur dudó unos segundos, los suficientes para que los guardias que estaban detrás de él lo forzaran a ponerse de pie. Miraba con mucho miedo a la persona que tenía delante. El Consejero Siete era un ser humano enorme.  Su respiración era angustiosa. Gordo y sudoroso, era el único que se revolvía incómodo en su silla. Usaba unos lentes diminutos incrustados en una cara que parecía un mapa de cemento mal fraguado y sus manos no dejaban de agarrarse la barriga.

— Arquitecto —su voz era inquietantemente aguda para su tamaño—. ¿Sabe lo que hay debajo de este edificio?

— Cimientos —respondió Arturo con voz temblorosa. Se veía diminuto ante esa montaña de carne.

— No.

El Consejero Siete no se inmutó. Sin levantarse —tal vez ni podía—, señaló con pesadez hacia el ventanal. Apuntó hacia abajo.

— Mire. ¿Ve algo?

Arturo trató de mirar desde donde estaba. La base del edificio. El suelo. La ciudad. No entendía la pregunta.

— No hay nada —se respondió a sí mismo el Consejero—. Este edificio no tiene cimientos. Flota. Literalmente. Sobre un campo electromagnético que generamos desde el subsuelo. ¿Le parece real?

Arturo parpadeó.

— No... no puede ser. No existe esa tecnología todavía.

— ¿Por qué? ¿Porque la física se lo impide? En esta ciudad, en este planeta, la física es una sugerencia, arquitecto. Nosotros escribimos las sugerencias.

Se apoyó sobre la mesa y aspiró una gran cantidad de aire para continuar. Artur creyó que el Consejero se iba a morir asfixiado en cualquier momento.

— Usted restauró media ciudad. Cada edificio que tocó, cada plano que usó, cada cálculo que hizo... fue sobre estructuras que nosotros diseñamos para ser medidas. No hay error en sus cuentas, arquitecto. Hay error en su confianza.

Artur se armó de todo el valor que le quedaba y respondió lo primero que se le ocurrió:

— Las catedrales que restauré tienen mil años. Este edificio tiene cuarenta. Cuando sus campos fallen y seguramente lo harán, Consejero, las catedrales seguirán en pie y este edificio no. Yo no construyo sobre frecuencias. Usted sí. Esa es la diferencia entre nosotros.

El Consejero Siete se apretó la barriga y, cuando parecía que estallaría en carcajadas, se puso lívido y casi se ahogó. Por unos angustiosos momentos trató de aspirar el aire que le faltaba hasta que por fin lo consiguió. Hizo unas señas frenéticas para terminar el interrogatorio. Todos lo miraron.




Continúa la próxima semana.


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