Una última cosa: la ficción está en tu día a día
Un pequeño epílogo improvisado
Un amigo nos dijo que había leído el texto sobre la ficción que publicamos hace dos semanas. Nos comentó algo interesante: durante ciertos momentos de su vida, en algunos de sus días, se sentía como si estuviera viviendo un capítulo de ficción. Que había visto y vivido situaciones que, si no eran disparatadas, resultaban totalmente imposibles. Dijo que las personas suelen actuar de formas insospechadas y que a veces dicen frases llenas de sentido, y otras, frases que no tienen ninguno.
Sus palabras nos animaron a darle una especie de cierre a lo que ya habíamos escrito. Así que, sin ánimo de redundar, decidimos plasmar —o al menos intentarlo— lo que sus comentarios despertaron en nosotros. Esperamos no cansar a nuestros lectores. Esto es lo que sacamos como conclusión: una especie de remate fortuito y sincero.
Hace dos semanas escribimos sobre tres formas en que la ficción actúa sobre nosotros: como escape, como espejo y como advertencia. Hoy queremos darle una vuelta a la pregunta. No se trata de qué hacen los libros con nosotros, sino de dónde encontramos esas mismas ficciones cuando no estamos leyendo.
Porque, si nos fijamos bien, resulta que no hace falta leer para escapar, mirarnos o ser advertidos. La ficción vive en los rincones más inesperados de nuestra vida cotidiana. Aparece y desaparece sin que nos demos cuenta. Es aquella frase que dice “la realidad es más sorprendente que la fantasía”. Y reconocerla ahí es, quizás, la forma más honesta de entender por qué la necesitamos.
Escape: el refugio que cabe en un bolsillo
La ficción de escape no es solo fantasía épica o ciencia ficción de aventuras. Es el capítulo de una romantasy que vives mientras esperas en el tráfico, que se transforma en el desafío desesperado por encontrarte con tu princesa que ya debe estar furiosa por tu tardanza (y que ya te está escribiendo el quinto mensaje). Es cuando tu cabeza ya no puede procesar más información, la incertidumbre y la confusión te invaden y necesitas ese libro de confort que relees por quinta vez, no porque no tengas nada nuevo que leer, sino porque tienes la seguridad de saber cómo termina. Necesitas recuperar la confianza.
También es el thriller que devoras en tres noches cuando el insomnio se instala y necesitas que tu mente se agarre a algo que no sea la lista de preocupaciones. Es la novela juvenil de aventuras que te llevas a la playa y lees con la misma intensidad que a los quince años, porque el cuerpo adulto necesita recordar que alguna vez el mundo fue más sencillo.
Escapar, en el fondo, no es huir. Es construir una pequeña puerta trasera en medio del caos. Y hoy, esa puerta cabe en la pantalla del móvil, en el audiolibro que acompaña el trayecto al trabajo, en la historia corta que lees en diez minutos antes de dormir como un último acto de ternura hacia ti mismo.
Espejo: el alivio de que no eres un caso único
La ficción de espejo no solo está en las novelas realistas sobre divorcios, crisis de identidad o conflictos terribles. Está en esa serie de la que todo el mundo habla y de repente, entiendes por qué: el personaje secundario lleva tu mismo nudo en la garganta y nadie lo había puesto en palabras antes.
Está en el ensayo novelado sobre el agotamiento laboral que cae en tus manos justo la semana en que has pensado en dejarlo todo. Está en esa historia sobre el duelo, que te regalan sin saber que acabas de perder a alguien, y la lees con la rabia de quien se siente visto a la fuerza.
Es ese momento en que lees una frase y te detienes. Subrayas. Haces una foto. La envías a un amigo con un "esto soy yo". El espejo de la ficción no se contenta con reflejarnos: atestigua que nuestras vulnerabilidades más íntimas ya fueron habitadas por otros. En esa continuidad, dejamos de estar solos.
Advertencia: el simulacro que ya estamos viviendo
La ficción de advertencia no es solo distopías como 1984 o Un mundo feliz. Un día estás terminando un capítulo de Black Mirror y recibes una notificación que demuestra que el algoritmo te conoce mejor que tu madre. Es cuando lees una novela sobre el colapso climático y al día siguiente ves un titular que ya no suena a ciencia ficción.
Te sientas a ver una película sobre desinformación y polarización y al mismo tiempo silencias a un familiar incómodo con tus ideas en el grupo de WhatsApp. Es darte cuenta de que esa ucronía que estás leyendo sobre un mundo que perdió la democracia no es tan diferente de ciertas conversaciones en la cena familiar.
El giro incomoda: la advertencia ya no está solo en el futuro. Sentimos que estamos viendo y viviendo los primeros capítulos. Lo que antes era un aviso lejano y probablemente imposible ahora es una pregunta que nos hacemos al cerrar el libro: ¿en qué parte de esta historia estoy ya metido sin darme cuenta?
Lo que intentamos decir con todo esto es que la ficción no es un lujo que nos concedemos cuando tomamos un libro y lo leemos. Es una estructura que ya habita nuestra vida. Y si lo pensamos bien, siempre lo ha hecho.
Escapamos cuando necesitamos recordar que la alegría es posible, aunque sea en una historia de diez minutos en el móvil. Nos miramos al espejo cuando una serie o una novela nos devuelve nuestra propia imagen y nos susurra que no estamos rotos, solo somos humanos. Y nos advierten cuando una distopía deja de parecernos imposible y empieza a parecernos reconocible y cercana; y nos eriza el pelo.
No hace falta viajar a mundos diferentes para encontrar ficción. Está ahí, en tus hábitos, en tus silencios, en lo que consumes cuando nadie te ve. Pero es excitante encontrarla a nuestro lado y dejar que la imaginación vuele libre.
Entonces la pregunta no sería si lees ficción. La pregunta es dónde la estás encontrando hoy.


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