Serie La ficción del futuro 

2. La Lista de Espera (cuento)


I.

En la ciudad de Veran, para consultar a la máquina había que anotarse con anticipación.

La lista estaba en la planta baja del edificio de gobierno, en un mostrador de mármol gris donde antes se pagaban los impuestos. Ahora había una empleada con un uniforme azul y un enorme cuaderno de tapa dura. Se llamaba Sula y llevaba veintitrés años trabajando en aquel edificio. Había visto cambiar los gobiernos, los impuestos, los formularios y los sellos. Había visto llegar ministros con discursos largos y salir sosteniendo una caja de cartón. Pero nunca había visto una lista de espera como aquella.

Al momento del registro, las personas proporcionaban su nombre, su edad y el motivo de la consulta. Sula escribía cada dato con una letra menuda y regular. Preguntaba lo necesario. No comentaba nada. Tampoco miraba a la gente con curiosidad ni con compasión. Solo anotaba.

Cuando alguien preguntaba cuánto faltaba para su turno, ella respondía siempre lo mismo:

—Se le avisará oportunamente.

La lista no se publicaba. Nadie sabía si tenía por delante diez personas o diez mil. Solo se sabía que avanzaba a un ritmo impredecible: a veces lo hacía rápidamente y otras se detenía durante días. En la cola, estaban los que aguardaban desde el inicio del proceso y, al lado, los recién llegados que ya se referían a la consulta como a un evento a la vuelta de la esquina.

La gente salía del edificio con una mezcla de esperanza y ansiedad. Esperanza de saber y miedo a saber. La lista era una promesa: algún día recibirían una respuesta y dejarían de preguntarse.

Mientras tanto, las personas seguían viviendo.

Trabajaban, comían, discutían, dormían, se enamoraban, compraban casas, abandonaban casas, tenían hijos, enterraban padres. Tomaban decisiones sin saber. Y cada decisión tenía un sabor extraño, porque todos sabían que existía un lugar donde, en teoría, un artefacto podía decirles si habían elegido bien.

La lista era una forma de atrapar el futuro. Un futuro que se podía tocar, contar y esperar. Un futuro que cabía en un cuaderno de tapa dura, sobre un mostrador de mármol gris, en un edificio con olor a archivos viejos y cera de pulir suelos.




II.

La máquina reposaba en el sótano del edificio de gobierno, detrás de una puerta de acero que solo se abría cuando llegaba el turno de cada quien. No era ningún lugar extraordinario.

El espacio era frío. Las paredes, de hormigón desnudo, mostraban manchas de humedad que dibujaban formas que nadie quería mirar demasiado. El techo podía tocarse con la mano y los tubos de luz fluorescente parpadeaban con una regularidad imperfecta. Los pasos resonaban en el cemento como golpes secos.

En el centro estaba la máquina, sobre una mesa y con un instrumento de escritura atado a ella por una pequeña cadena.

Tampoco era imponente. Tenía el tamaño de un armario de oficina y una pantalla verde, como las de los monitores antiguos. En el frente se veía una ranura estrecha de diez centímetros de ancho para introducir la consulta escrita en una tarjeta y, más abajo, una segunda ranura por donde salía la respuesta impresa.

Nadie sabía cómo funcionaba. Nadie sabía quién la había construido ni desde cuándo estaba allí. Un día apareció en el sótano, como si también hubiera estado esperando su turno. El gobierno la declaró “recurso estratégico”, organizó la lista y prohibió las consultas libres. Una pregunta por persona. Una respuesta por turno. Y estaba prohibido compartir el resultado.

La máquina respondía a todo.

Predecía lluvias, elecciones, enfermedades, resultados deportivos, accidentes, bodas, quiebras, muertes. No siempre decía lo que la gente quería oír. A veces daba una fecha. A veces un nombre. A veces un sí o un no. A veces la tarjeta salía en blanco y el consultante se quedaba mirando el vacío sin saber qué significaba.

Pero nunca se equivocaba.

O eso decían.




III.

Almo, con muchísima suerte, consultó a la máquina tres veces.

La primera vez preguntó si debía aceptar un trabajo en otra ciudad y la máquina le respondió que no. Aceptó el trabajo de todos modos y fue un desastre. Perdió el dinero, el tiempo y la salud. Volvió a Veran arruinado.

La segunda vez preguntó si debía invertir sus ahorros en un nuevo negocio. La máquina respondió que no. Almo ignoró la respuesta. El negocio quebró. Perdió los ahorros, la casa y, poco después, a su mujer.

La tercera vez preguntó si debía mudarse para empezar de nuevo. La máquina respondió que no.

Esta vez, Almo hizo caso.

No se mudó. Pero tampoco hizo más nada. Se quedó en un apartamento pequeño, con un empleo mediocre y una ventana que daba al patio de un edificio vecino. Cada mañana se levantaba, desayunaba, iba al trabajo y volvía. Cada noche se acostaba pensando que por fin había obedecido.

Pero no hacer nada también era una decisión.

Y aquella decisión lo condenó a la misma vida de siempre.

Él no era el único. En Veran había muchos Almos. Gente que recibía una respuesta y hacía lo contrario. Gente que prefería equivocarse por sí misma antes que aceptar que otra cosa supiera lo que le convenía. Gente que obedecía y luego se arrepentía. Gente que consultaba una y otra vez, como si la respuesta pudiera cambiar si la pregunta se formulaba con otras palabras.

La máquina no cambiaba a nadie.

Solo les decía lo que iba a pasar.

Y ellos, con sus decisiones, hacían que pasara.




IV.

Rossa esperó por dos años.

Veinticuatro meses acercándose al mostrador cada mañana. Verificando su nombre en el cuaderno de Sula y preguntando, con una timidez que ya no sabía si era esperanza o costumbre, si había llegado su turno.

Dos largos años viviendo con una interrogante por dentro.

Cuando por fin la llamaron, bajó al sótano con el corazón acelerado. Contuvo el aliento y escribió en la tarjeta solo dos palabras:

“¿Seré feliz?”

Acercó el papel a la primera ranura, que se lo tragó de un golpe. El metal ronroneó como un gato gordo durante unos segundos, hasta que la tarjeta asomó por la segunda rendija y quedó allí suspendida, como si la máquina le estuviera sacando la lengua.

Rossa la tomó y leyó la respuesta:

“Sí.”

No decía cuándo ni cómo. No decía con quién. No decía si sería pronto o tarde, si llegaría después de un amor o de una pérdida; si duraría una tarde o el resto de su vida.

Solo decía“Sí.”

Rossa salió del sótano rumbo a su casa con la tarjeta en la mano. Al llegar, la guardó en un cajón, dentro de un pequeño cofre junto a las fotografías y las cartas que no tiraba. Y siguió viviendo.

Porque la máquina le había dado una razón para seguir intentándolo aunque no le hubiera dicho cómo ser feliz.




V.

Los meses pasaron y la lista fue creciendo.

Al principio, a un ritmo lento, pausado, controlado, casi predecible. Luego, sin previo aviso, las cosas cambiaron y la gente no paraba de llegar. Los nombres ya no cabían en la lista de Sula. Hubo que buscar más cuadernos, instalar otros mostradores y contratar a más empleadas, todas con uniformes azules idénticos y las mismas respuestas aprendidas de memoria.

El edificio de gobierno se volvió insuficiente.

La multitud empezó a aglomerarse en la calle. La cola dio la vuelta a la manzana, ocupó la plaza entera, cruzó el barrio y terminó por extenderse hasta las afueras, allí donde las casas se volvían más bajas y comenzaban las calles de tierra.

Pronto comenzaron a llegar personas de otras ciudades; después de otros países, de otros continentes. Atraídos por la máquina, llegaban en busca de un turno para escribir una tarjeta. Querían saber si aprobarían el examen, si conseguirían el trabajo, si se curarían, si encontrarían el amor, si sus hijos estarían bien, si sus esfuerzos valdrían la pena o si, al final, habría algo o nada.

El gobierno instaló señalizaciones, organizó agentes, trazó rutas y horarios y publicó formularios. La máquina, que había aparecido sin explicación alguna, terminó asfixiada por la burocracia.

Y las personas siguieron llegando.

Porque ya no podían vivir sin saber.




VI.

Una tarde, mientras ordenaba los cuadernos, Sula encontró un nombre repetido.

No era un error común. No era alguien que ella hubiera anotado dos veces por descuido.  Era un hombre inscrito desde el primer día, cuya consulta había sido asignada, aplazada, reasignada y vuelta a postergar. Aquel hombre llevaba cuarenta y un años esperando.

Sula revisó las páginas anteriores y el horror se multiplicó. Encontró más nombres. Mujeres y hombres que habían entrado en la lista siendo jóvenes y que habían muerto antes de recibir su turno. Padres anotados por hijos que ya no existían. Consultas asignadas a personas que habían cambiado de nombre, de ciudad, de vida.

Fue Sula quien descubrió el problema. Entonces se enfrentó a una certeza que no supo cómo digerir: la lista llevaba semanas congelada y, mientras tanto, la cola afuera seguía creciendo.

Esa noche, incapaz de conciliar el sueño, Sula fue al sótano. Se coló por la escalera de servicio en mitad de la madrugada, con las llaves del edificio temblando en sus manos y una tarjeta oculta en el bolsillo.

La puerta de acero estaba ante ella, reluciente y enorme. Decidida, entró a la sala.

Al lado de la máquina, sobre la mesa dispuesta para los turnos, escribió una pregunta que nadie se había atrevido a formular:

“¿Cuándo terminará la espera?”

Introdujo la tarjeta.

La máquina zumbó.

El papel regresó de inmediato:

“Mañana.”




VII.

Al día siguiente, cuando la seguridad del edificio descubrió a Sula, nadie supo qué significaba aquella respuesta.

El gobierno negó que el hecho hubiera ocurrido: afirmó que la tarjeta era falsa, que Sula había entrado sin autorización y que la máquina no respondía preguntas colectivas. La espera, aseguraron las autoridades, continuaría indefinidamente.

Pero la palabra se esparció.

“Mañana.”

Unos creyeron que al día siguiente les llegaría el turno; otros, que la máquina dejaría de funcionar, que el gobierno anunciaría una reforma o que el mundo cambiaría. Los más audaces intuyeron que, por fin, conocerían la fecha de su muerte, el nombre del amor de su vida o la razón de todo lo perdido

La cola se se estiró hasta el infinito.

La gente dejó de dormir en sus casas. Pasaban la noche en las aceras, bajo toldos improvisados, dentro de autos, sobre mantas gastadas. Comían de ollas comunitarias, discutían con desconocidos y compartían predicciones, rumores, tarjetas falsas, respuestas inventadas. El día señalado pasó, y la máquina siguió callada. La cordura empezó a resquebrajarse.

Al tercer día, alguien rugió entre la multitud que la máquina había repetido “Mañana”.

Al cuarto día, otro juró que el mensaje ahora era “Hoy”.

Al quinto día, la masa dejó de escuchar. Se convirtió en un solo cuerpo ciego que se abalanzó contra el edificio.

Los agentes intentaron contenerlos, pero la marea humana los desbordó arrasando las señalizaciones. La masa entró atropelladamente, directamente al sótano, donde la puerta de acero comenzó a ceder por los golpes. No había organización; era una ola humana. Cientos de manos que se convirtieron en miles. Las personas exigían respuestas, ansiaban ser las primeras, querían ser las únicas. Individuos desesperados por impedir que el resto alcanzara lo que ellos no habían conseguido

La puerta comenzó a tambalearse poco a poco; las bisagras cedieron y cayó estrepitosamente.

La multitud inundó el sótano. Todos blandían sus tarjetas: miles de preguntas por hacer, miles de futuros reclamando su turno. Pero la ranura solo admitía un papel a la vez. Hubo empujones, gritos, una asfixia de cuerpos atrapados. En el descontrol, unas manos arrancaron los cables de la pared; otras golpearon con furia la pantalla.

La máquina emitió un zumbido agudo, un chispazo azul, un último estertor.

Y se apagó.




VIII.

Hubo que aguardar a que el tumulto se disipara y los ánimos se calmaran. El sótano fue clausurado. Pasado el impacto de aquella respuesta, la gente aguardó pacientemente durante días a que la máquina fuera reparada.

Confiaban en que el gobierno enviaría a los técnicos y las luces verdes volverían a encenderse. Imaginaban las tarjetas saliendo de nuevo por la rendija, la lista retomando su marcha y que todo, al final, no habría sido más que un triste y caótico malentendido

Nada de eso ocurrió. Nadie vino. La máquina siguió apagada.

Al cabo de un tiempo permitieron el regreso al sótano. La gente entraba a mirar el armario de metal, ahora mudo, como quien contempla el cadáver de un animal enorme. Algunos dejaban tarjetas en blanco. Otros dejaban flores. Otros se reían, como si por fin hubieran comprendido una broma cruel.

Y la ciudad se hundió en un limbo pesado y espeso.

La gente scontinuó trabajando, amando, enfermando y muriendo, pero ya nadie sabía qué deparaba el mañana. Se había borrado la certeza de si los esfuerzos valían la pena o si las decisiones eran las correctas.

Al principio, aquel presente desnudo fue insoportable.

Las personas se sentían desvalidas; habían delegado tanto en el aparato que ya no recordaban cómo elegir por sí mismas. Las conversaciones cambiaron. Ya no se preguntaban “¿qué va a pasar?”, sino “¿qué vas a hacer?”. Y esa pregunta, tan sencilla, resultaba más difícil que cualquier predicción.

Almo fue uno de los primeros en volver a decidir.

Una mañana compró un boleto de autobús hacia otra ciudad. No sabía si le iría bien, si encontraría trabajo o si alguna vez volvería.  No sabía nada.

Y compró el boleto de todos modos.

Rossa, en cambio, prefirió quedarse.

Abrió el cofre donde guardaba la tarjeta y leyó otra vez la respuesta: “Sí”. Durante un instante pensó que aquella palabra escrita ya no significaba nada. Luego comprendió que, quizá, siempre había significado otra cosa.

No era una promesa del destino. Era el permiso para ser feliz. 

Esta vez, Rossa guardó la tarjeta en su cartera y salió a la calle




IX.

Tiempo después, cuando ya casi nadie recordaba el color exacto de la pantalla, Sula seguía trabajando en la planta baja del edificio de gobierno.

El mostrador de mármol gris permanecía en su sitio; los cuadernos de tapa dura, también. Pero ya no había lista de espera. Ya no había turnos. Ya no había respuestas.

Pese a todo, la gente seguía entrando al edificio con preguntas.

Sula las escuchaba. A veces les ofrecía un café. A veces les indicaba una oficina ajena y, a menudo, se quedaba conversando con ellos hasta que la pregunta dejaba de parecer urgente y volvía a ser lo que siempre había sido: una pregunta.

Una tarde entró una mujer joven. Tenía los ojos cansados, una carpeta bajo el brazo y la mirada de quien ha recorrido un largo camino. Se dirigió directamente al mostrador de piedra.

—¿La máquina sigue funcionando? —preguntó a través de la ventanilla.

Sula dejó de escribir, levantó la cabeza y la movió despacio de un lado al otro.

—No.

—¿Y qué hago ahora?

Sula contempló la carpeta, luego los ojos de la joven y, finalmente, la calle exterior, donde el atardecer caía sobre los edificios sin anunciar absolutamente nada.

—No lo sé —confesó, sosteniéndole la mirada.

La mujer esperó, como si aquella respuesta fuera incompleta.

—Pero mañana —añadió Sula con una leve sonrisa, antes de bajar la vista de nuevo hacia sus papeles— puede que lo sepa.

La joven sonrió también. La respuesta no era buena, pero por primera vez en mucho tiempo nadie le había prometido nada. Y salió del edificio.

Y, aunque todavía no lo sabía, ya había empezado a decidir.







Próxima semana: 3. El futuro como nostalgia.




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