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  Nueve coma ocho - Semana 2 Continuación Capítulo 2: La persiana de la puerta de entrada comenzó a subir, centímetro a centímetro, con un chirrido de metal oxidado que heló la sangre y quedó levantada apenas un metro, como una boca entreabierta. Contra la luz anaranjada de las farolas de emergencia, una silueta se recortó, agachándose para entrar.  El Oficial Kovic se irguió al otro lado del umbral. Su uniforme de patrulla estaba pulcramente arrugado, su rostro delataba horas de caos: mandíbula tensa, ojos enrojecidos, una fina capa de sudor en la frente. La mano derecha descansaba sobre el arma reglamentaria, sin desenfundarla. Por puro instinto, o quizás por costumbre. Lentamente, barrió el local con la mirada. Vio a los cinco clientes acurrucados en las mesas del fondo, a Artur aún temblando con el billete húmedo en la mano, a Damián junto a la barra con su botiquín de médico, a Garrick encogido en su taburete como un niño castigado. Y vio a Elowen, apoyado en la barra con...
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  7 - Serie “Aprendiendo a Florecer” El día que mi rodilla me habló El año pasado disfrutaba una caminata por el parque El Ávila cuando mi rodilla izquierda decidió declararse en huelga. Llevábamos unos cuarenta minutos de ascenso. El día era espectacular, el grupo animado, la conversación fluía. De repente, en un paso un poco más empinado de lo habitual, sentí un pinchazo. Luego otro. Luego una molestia sorda que no se fue. Paré un momento, apoyé la mano en un árbol y esperé a que pasara. Pero no pasó. Seguí caminando, cojeando un poco, intentando disimular. No quería ser “el mayor del grupo que se lesiona”. No quería que nadie dijera: “a su edad, mejor no suba tanto”. Seguí así otros veinte minutos. Hasta que un amigo, viéndome, me dijo: — ¿Estás bien? Te veo raro. — Sí, sí —mentí—. Un poco de fatiga, nada más. Él me miró, sonrió y dijo: — Tu cuerpo no te pide heroísmo. Te pide cuidado. No es lo mismo. Y ahí, en medio del sendero, me di cuenta de algo que llevaba meses negándome ...
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  La velocidad del miedo:  De la peste al telégrafo (2/3) VII. La Edad Media: Dios, miedo y lentitud sagrada Llegamos ahora a un periodo que los manuales suelen llamar "oscuro", pero que nosotros preferimos llamar aquí "de transición". La Edad Media —ese milenio que va aproximadamente desde la caída de Roma (476 d.C.) hasta la toma de Constantinopla (1453) o el descubrimiento de América (1492), según a qué historiador le preguntes— no fue ni mucho menos un paréntesis de ignorancia. Fue, más bien, un laboratorio de resistencia informativa. Porque el imperio romano cayó. Y con él, se cayó su red de calzadas, su servicio postal, sus estafetas, sus mensajeros oficiales. Europa se fragmentó en reinos pequeños, feudos, condados y señoríos que se miraban con desconfianza. Viajar se volvió peligroso. Comunicarse, en un lujo. Y sin embargo, la información siguió fluyendo. Solo que lo hizo de otra manera: más lenta, más local, más religiosa y, en cierto sentido, más humana. V...